(Este es un texto escrito por Irene de Haro, profesora de 31 años en un instituto de Motril. Desde aquí nuestro agradecimiento por compartirlo.)
“España es un país en vías de desarrollo”.
Corría el año 1987. Lo
recuerdo especialmente porque descubrí lo que significaba esa cifra para
mí, entonces eterna, que la maestra ponía cada día en la pizarra. Era
una convención que no me habían explicado, y yo no la entendía.
La clase era de Ciencias Sociales. El libro azul decorado con círculos concéntricos decía que España era un “país en vías de desarrollo”.
Me intrigaba esa definición. Y citaba a continuación países entonces
considerados subdesarrollados: Perú, China, La India (aún con el
artículo…) Y otros, que soñábamos ser algún día: Estados Unidos,
especialmente. Por aquel entonces yo no quería ser nada. Era vagamente
consciente de que de mí dependía el grado de mi éxito profesional
posterior. De mi ahínco, de mi trabajo. Por aquel entonces, esta idea
era razonable. Así que, herencia directa de mi padre, siempre puse un
empeño máximo, casi doloroso, en todo lo que hacía: quise ser
astro-físico, quise ser atleta, quise ser violinista… luego quise
conocer el mundo entero a través de los libros. Abocada por carambolas
varias, acabé en 2006 como profesora de Lengua Castellana y Literatura.
Supuso una oposición que me requirió en torno a doce horas de estudio
diario (no es una exageración) durante un año. Me preparé sin miedo ni
esperanza. Soy licenciada en Filología Hispánica. Con mi título, las
opciones eran pocas (sin queja, porque las había), y fue la época en la
que en un anuncio un carnicero envolvía un cuarto de kilo de chóped en
un título como el mío. Aprobé. Probé y vencí: sentí lo que un golfista
amateur debe de experimentar al dar un golpe ciego y meter la bola
limpiamente en el hoyo más difícil: sentí el lujo de encargarme (en
parte solo, humildemente) de la formación de nuestros jóvenes, y el lujo
de que eso me hiciera feliz.
He conocido a toda clase de
profesionales. Del 99% (como en todas las profesiones) puedo hablar
bien. Su entrega y sus ganas son incuestionables. Y su tendencia al
voluntarismo, y a “tirar hacia adelante”, a pesar de todo. Pero ya
entonces muchos problemas nos minaban. En 2006 nuestro problema era
convencer a los chavales de que no se fueran a la obra sin acabar al
menos la ESO. Convencer a la sociedad de que formarse no era inútil. Mi
Iván R. vino con su Hyunday Coupé a buscarme, a la puerta del instituto.
Amarillo, “Tó guapo, maestra. Pa que veas que sin la ESO puedo ganar
más que tú”. Me hablaba con cariño. Condescendientemente, como el que se
siente culpable (por todas esos quebraderos de cabeza que me había dado
como tutora) y superior (con unos 2000 euros en el bolsillo
mensualmente, seguro que más). Más problemas: para hacer real
(estadísticamente real) el adagio de “Andalucía avanza”, ciertas
instancias nos instaban a engordar las medias, a devaluar las
exigencias. Más problemas: la denostación sistemática de nuestra
profesión ante la sociedad, el tener que explicar en qué consiste
trabajar en la enseñanza, más allá de las cacareadas vacaciones y las
supuestas tardes libres. Y los eternos desplazamientos de centro, los
eternos alquileres, las eternas maletas, los eternos viajes en coche
para visitar a la familia, eternamente lejos. Ahí andábamos.
En
2010 me volví a encontrar con Iván. Dos niñas, un chalé, su Hyunday
“todo molón” y en paro. La crisis lo devolvía a las aulas. Me saludó
efusivo y cariñoso. Me explicó que estaba cobrando una cuantía por el
paro ridícula (cotizó poco, la mayor parte del beneficio le llegó en
negro). Su mirada seguía siendo resuelta. Estaba intentando sacarse la
ESO en “Adultos”. Tenía fe en que el hambre pasaría por la puerta, pero
no entraría. Hoy sé que es uno más de los embargados cuyas casas
subastan los bancos.
En mi última clase expliqué los conceptos de
Humanismo y de Renacimiento. Tuve también que explicar lo que significa
la palabra “curiosidad” a unos niños, los más lindos del mundo (porque
los quiero muy sinceramente), que han crecido ahítos de lo que deseaban y
de lo que no deseaban. Despreocupados. Siempre había alguien detrás que
hacía las cosas por ellos. Pedirles un trabajo consistía en sus cabezas
en introducir su título como parámetro en Google. Hacer los ejercicios
consistía en copiar el enunciado y esperar a que alguien los
resolviera. Sin esfuerzo y sin lucha, hoy no saben casi nada. Ni saben
que no saben. Ni quieren saber que no saben. ¿Qué son ellos? Son los
elegidos de un mundo que cambia total y absolutamente las bases de su
funcionamiento, y que necesita una nutrida cantidad de gente como ellos:
personas acríticas, incultas, indefensas: trabajadores sin
cualificación. Carne de cañón.
“¿Qué es curiosidad?”, les pregunté.
Y a su silencio les respondí: “hambre de saber”. Reconocieron no
haberla sentido nunca. Los miré. Sentí un escalofrío. Sentí miedo por
ellos, por lo que les espera.
Desde mis cortas entendederas de niña
de seis años (en aquel lejano año 87), estar en “vías de desarrollo”
significaba estar en el camino de un progreso que nos debía hacer
mejores. Y por él hemos caminado. Pero de puntillas, sin aprender,
escamoteando tramos para llegar vilmente a la meta. Nuestro desarrollo
ha existido, pero en el más sucio de sus sentidos. Hemos sido una
marioneta perfectamente manejable para una sociedad de consumo. Hemos
creado niños-producto que se han creído niños-consumidores. Y ahora,
crisis mediante, los hemos desnudado y les hemos dado su etiqueta más
aséptica: niños-inútiles. Este es el resultado de la sistemática
devaluación (putrefacción) del sistema educativo, que no se reduce a las
decisiones de las últimas semanas. Ha sido un proceso maquinado, puesto
en práctica con lentitud pero con tesón. Sin embargo, parece estar
cerca el momento de la solución final.
¿Por qué defender la
educación pública (de calidad) en tiempos de crisis? Este es el sendero
de los caminos que se bifurcan. Escojamos qué deseamos: bien una
sociedad formada por ciudadanos con criterio, competitivos, resueltos,
capaces de ejercer todo tipo de profesiones, o bien una sociedad de
ciudadanos (¿?) acríticos, sin preparación, destinados a la aceptación
de un rol menor en una Europa que parece preparar en sus países
periféricos inmensos criaderos de esclavos.
Tal y como se ve el
horizonte con este último estoque a la educación pública de calidad,
España está condenada a ser eternamente un país “en vías de
subdesarrollo”.
Si con "educación de calidad" entendemos "educación más cara" apaga y vámonos.
ResponderEliminarFelicidades por este post tan claro, tan valiente. Me veo reflejada en ti, aunque soy bastante mayor y podrías haber sido mi alumna ese año 87. Es muy triste, pero real lo que está ocurriendo, pero viene de lejos. No te desanimes, sigue luchando por trabajar bien y motivada, a pesar de todo y de todos. Sigamos defendiendo una escuelaa pública y de calidad. No olvides nunca los consejos de tu padre. Yo hice lo mismo que tú y no me arrepiento. Siempre me sentiré maestra y me enorgullezco de serlo y de que haya gente como tú en las aulas. Un beso
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